Más casero, imposible
En Guadalajara, Marisa Lazo creó una de las cadenas más exitosas de pastelerías. ¿La clave? Producción artesanal, inteligencia comercial y una emprendedora que tiene muy claro lo que quiere
Cada día, en la fábrica de Marisa Lazo se cascan más de 30,000 huevos.
Cada día se pica una tonelada de fresa.
Cada día se producen ahí cerca de 10,000 pasteles, roscas o cajas de galletas.
No hay máquinas —todo lo hacen a mano los 500 colaboradores que mezclan, hornean, decoran y embalan uno a uno cada producto. Es un proyecto que a pesar del volumen increíble, ha logrado mantenerse totalmente artesanal.
La historia de la marca Marisa comienza en 1992, con un pastel de pera con almendras que le pidió una amiga fanática de sus postres. Todos conocían su ‘mano’ en la cocina, un toque propio que desarrolló desde la adolescencia cuando se enamoró de la repostería y la adoptó como su principal hobby. Pero ese primer pastel vendido en $100 pesos tuvo la mejor promoción boca en boca (nunca mejor usado el dicho) y su cocina familiar con la batidora Osterizer le quedó pequeña y se apropió del garage de la casa para poner más batidoras, más moldes y más hornos. Con la nana de sus hijas, Soraida, convirtieron a los encargos en una línea de producción muy aceitada y que no dejaba de crecer.
En 1997 inauguró un primer local fuera de su casa…





