Tigres, un equipo orgullosamente 'chico'

El club mexicano se juega hoy el partido más importante de su historia ante el Bayern Múnich. Una reflexión sobre qué son los Tigres y por qué ser un equipo local, regional, lo catapulta al mundo

Por Míster Cabrera@macafut


Míralos bien. A detalle. Vale la pena que lo hagas. Son un equipo de pueblo. Uno como muchos. Pero también como ninguno. Ese pueblo es el más poderoso de México. Desde ahí se vive la realidad que muchos quisieran para sus estados y ciudades. Ese pueblo, que algunos llaman municipio y los más optimistas ciudad, es el más rico de Latinoamérica. Y también el que hoy tiene al equipo más poderoso de México. El pueblo, que se entienda para efectos prácticos, se puede llamar Monterrey, se puede englobar en Nuevo León o se puede ir a específicos como San Pedro Garza, que no siendo su hogar, es el reflejo más potente de lo que aquí expongo. Para efectos de la ignorancia nacional el estado entero es un pueblo. O un rancho para poder colocarle botas y sombrero. Se le puede poner el calificativo que se quiera dependiendo del nivel de humillación que se le desee propinar a la referencia, pero lo que no permite mentiras es su poderío económico y futbolístico. Ahí los términos no aceptan negociaciones. 

Su expectativa nunca ha sido nacional. Nunca le ha hecho falta. Mientras la industria sufre el abandono de sus aficionados, a ellos les corresponde gestionar cómo hacer más con los que tiene. En un negocio que se muere porque el futbol, como el deporte profesional, o es para los viejos, o es para los que no tienen nada mejor que hacer, o es para los que idolatran a quienes en su vida pisarán el mismo barrio, los Tigres viven preocupados por la retención y el incremento del ticket promedio de sus aficionados, escenario mucho más positivo que el de vivir pensando en cómo evitar morir de abandono. 

En México, los equipos de tradición sobreviven en conflicto con su promesa de marca, excepto Tigres. Las Chivas para seguir siendo queridas  están obligadas a conservar una filosofía nacional obsoleta en tiempos de globalización. El América para seguir siendo odiado tendría que continuar siendo poderoso, y si bien los éxitos aún lo respaldan, el dinero se ha ido para no volver. A los Pumas los mantiene vivos el vínculo con una Casa de Estudios que hoy tiene mucho que resolver antes que dedicarse a impulsar el talento futbolístico universitario para que haya un match entre actualidad y cumplimiento de propósito. A Cruz Azul la etiqueta de grande no hace más que dejarlo en ridículo. Y el Pachuca, que a diferencia de Tigres optó por los deseos de conquista, se nombró a sí mismo como el equipo de México cuando ni siquiera ha logrado ser el equipo de Hidalgo. 

Los Tigres vistos desde el negocio representan la reunión de océanos azules que parten de la granularidad, de la especificidad, de no ser para todos. Los Tigres son, ellos mismos se empeñan en aceptarlo, de pueblo. A los que se deben es a sus aficionados. Para los que juegan es para sus aficionados, visibles estos porque cuando no había pandemia, llenaban su estadio cada quince días, como no ocurre en ninguna otra plaza. Sus aficionados, además de tener una ubicación geográfica, tienen poder adquisitivo por vivir en ese pueblo que desde fuera hemos tachado de bicicletero. Y si no tienen el dinero, se las ingenian para conseguirlo. Tener un bono para ir al estadio es una tradición familiar y entre amigos que va más allá del resultado, que por cierto a últimas fechas también suele favorecerlos.

Cuando previo al Mundial de Clubes Nahuel Guzmán declaró que no se debían a México sino a sí mismos, los medios reaccionaron desde el nacionalismo que los caracteriza. Los catalogaron como el equipo que hace chico todo lo que toca. Y es verdad, porque frente a la posibilidad de expandirse, de entrar a las métricas de vanidad y del villamelonismo ocasional que representa al 80% de la afición mexicana, ellos decidieron, más allá de la enmendadura de plana orquestada desde CEMEX, que mientras fueran fieles a las expectativas de sus aficionados estarían bien. Tigres ha entendido como nadie, quizás porque lo trae desde el adn más que desde la imposición, que en tiempos de excesos de oportunidades, más vale renunciar para acotar, más vale decidir quiénes sí y quiénes no forman parte del universo de una marca. Hacer chico lo que se toca no es un mal negocio, porque más vale encontrar una audiencia mínima viable o fanaticada mínima viable que estar disparando anuncios y promesas para aficionados que contribuirán a la creación de un trending topic, pero que no contribuirán ni siquiera en la venta de un jersey. 

Los Tigres, partiendo de pensar chico se apuntan como el equipo modelo de la Liga MX. Tienen un núcleo del que parten. Sus aficionados están tan concentrados en un mismo espacio que devoran todo lo que la marca produzca. Es tanta la pasión en tan pocas calles que la pasión se contagia y se convierte en una plática social que nunca podrá concretarse entre el capitalino que vive oscilando entre su supuesta pasión por el América, su interés por los múltiples eventos que se están llevando a cabo, sus aspiraciones de ver futbol de primer mundo para verse en tendencia y las incomodidades de una ciudad que provoca que un entretenimiento de noventa minutos demande ciento veinte minutos más para llegar y volver a casa. 

En medio de la democratización del consumo del futbol y frente a los múltiples jugadores que se disputan nuestra atención, o eres una marca en verdad global que pueda partir del máximo éxito deportivo, para lo que requieres inversionistas o ecosistemas muy superiores a la realidad latinoamericana, o apuestas por tus bases regionales y de pertenencia para tener un negocio que se blinde del comparativo que las instituciones están destinadas a perder. Si al América lo comparan frente al Barcelona, perderá 9 de cada 10 veces. Si a la Liga MX, la comparan con las grandes ligas europeas, perderá 9 de cada 10 veces. Si, en cambio, eres fuerte en tu universo, aunque sea de pueblo, tendrás un negocio de alto impacto en tu comunidad y continuarás siendo ese fenómeno social que es capaz de concentrar pasiones cada vez más atípicas en una industria en la que solo ganarán aquellos de gran éxito deportivo en las máximas competencias o los que sepan posicionarse como marcas a partir de la claridad de sus propósitos y misiones. La mayoría tendrá que buscar ser de los segundos. Pensar chico para hacer un negocio grande. Conquistar un nicho que crezca, pero nunca a partir del desorden o falsas promesas que pongan en riesgo el propósito original.  

Los Tigres son referentes por su éxito a últimas fechas, pero sobre todo por lo que han decidido que no son. Mientras tengan a su afición fiel e invirtiendo cada vez más tiempo y dinero en ellos, lo que venga será ganancia. Para conquistar nuevos aficionados no hace falta que Nahuel salga a decir que le importa el sentir de los aficionados de todo México. Tampoco hace falta una campaña que dilapide millones de pesos para aparecer en televisión. Los títulos, la diferenciación y el sentido de exclusividad que detona irle a un equipo de pueblo que se convierte en envidia por tener estadio lleno asegurado una vez que regrese la normalidad, son los argumentos más contundentes para que se siga posicionando como el equipo más poderoso de México. Si a eso se suma un jugador de talla mundial que se enamora de ese equipo de pueblo y se mantiene vistiendo los colores pese a que podría irse a cualquier otro lugar, se cuenta entonces la historia de un equipo con un adn único, que encuentra en la fuerza del nicho, en la fuerza de su pueblo, el éxito más envidiable para toda la industria del futbol. 

Piensa en el podcaster cuyo contenido trasciende más que el de organizaciones periodísticas con decenas de empleados. Piensa en el creador independiente que agrega más valor a sus lectores con un newsletter que una decena de personas creando para los algoritmos. Piensa en Tigres que se convirtió en el club más poderoso de México aceptándose como un equipo de pueblo. 

Para llegar a la final del Mundial de Clubes, Tigres no se comprometió a ser el equipo más grande de México. No hizo campañas ni grandes anuncios. Ni siquiera mencionó la posibilidad de que su técnico quedara fuera en caso de perder frente al Palmeiras o, peor aún, ante su rival asiático. Para hacer historia, Tigres tuvo claro lo que era y lo que no es. Cuando se tiene la certeza del nicho, lo demás llega por añadidura. No porque tú te expandas, sino porque otros quieren ser parte de la exclusiva sociedad que has creado. 

Es Tigres. Un equipo de pueblo. También el equipo más poderoso de México. Le puede ganar al Bayern, aunque lo más probable es que pierda. En cualquier caso, todos habrán tenido ocasión de envidiar a ese equipo que se debe a los suyos. Y a nadie más. Tigres es un caso de éxito deportivo, pero es sobre todo una lección de negocios y de vida. Acota, elige, construye. Juega para ti y para los tuyos. Que los demás sean los que quieren sumarse, no tú el que los estás persiguiendo. 

A sus aficionados se les acusa de leales en exceso. A la distancia incluso los hemos calificado de pendejos. Los que no vamos al estadio, los que no alentamos, los que no creemos y los que no estamos más que por socialización, juzgamos el comportamiento de los que están siempre, en las buenas y en las malas. A muerte, como se supone que ha de ser el amor. 


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