El rey del 'distress'
A los medios les encanta calificarlo como muy misterioso, pero la realidad es que David Martínez es más visible en su actuar que la mayoría de los empresarios mexicanos. Aquí su fórmula de negocio
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Al CEO le gustó la propuesta que le hizo su CFO. Parece ser buen momento para emitir un bono que les permita hacerse de recursos para financiar la siguiente fase de crecimiento en la empresa que fundó su abuelo. La organización lleva varios años de buenos resultados y hasta ahora, su nivel de apalancamiento es relativamente conservador. Además, los mercados están bastante bien.
Colocan $650 millones de dólares en bonos.
Ya pasaron tres años desde aquella emisión. Al principio todo iba bien, pero para el año dos, la cosa se comenzó a complicar. La economía en el país se desaceleró y los consumidores están siendo más cuidadosos con sus recursos. Además, un negocio que adquirieron en España resultó no ser tan bueno como esperaban, y por otro lado, un conflicto armado en el otro extremo del mundo está impactando el precio de los insumos que requiere esta empresa.
Llevan ya dos trimestres reportando a la baja y ahora una calificadora puso a la empresa en observación negativa. Calculan que la razón de deuda neta a EBITDA, que un año antes estaba en 2.1x, está llegando a 3.4x. De seguir esta tendencia, podría tocar 4.0x antes de fin de año y ello haría que se incumplieran los covenants del bono.
El precio de los bonos en el mercado está cayendo.
La empresa no le ha dicho mucho al mercado. Pero cuando finaliza el siguiente trimestre, reportan que los ingresos siguieron disminuyendo y que el EBITDA se desplomó 40%. Deuda neta a EBITDA: 4.6x. Están en violación del covenant.
El mercado reacciona. Los bonos, que el mes anterior cotizaban a 75, cayeron a 56. O sea, el mercado considera que esos bonos valen apenas 56% de su valor nominal.
La empresa emite un comunicado en el que dicen que están “en conversaciones constructivas con los tenedores de los bonos para acordar una dispensa temporal de algunos covenants, mientras se evalúan alternativas para fortalecer su estructura de capital".
Los que saben, leen entre líneas: la empresa no puede pagar y necesita que los bonistas la dejen seguir respirando.
Las calificadoras le bajan el rating. Grado junk.
Los fondos de pensiones, que por mandato no pueden tener papel especulativo en sus portafolios, se ponen a vender.
El precio de los bonos continúa bajando.
El CEO está cansado de atender las llamadas de los analistas y de los banqueros. Peor aún: las de sus primos. Todo mundo quiere saber qué sigue. Quieren entender cuál es el plan, y cómo le hará para sacar adelante a la empresa. Su tío fue particularmente grosero con él y le reclamó por el tema de España. Sabe que en realidad lo que quiere es quitarlo, para poner en lugar a su propio hijo. Justo ese hijo es quien ha estado grillando con el consejo; insiste e insiste que urge hacer recortes y una política de austeridad en el corporativo.
Pero el CEO tiene todavía un as bajo la manga.
Cerró la puerta de su oficina y se quedó viendo el teléfono durante diez minutos. Eran las once de la noche en Monterrey, las seis de la mañana en Londres. La hora correcta para llamar a la persona con quien quería hablar.



